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Presentación del libro “El cardenismo, 1932-1940”, coordinado por Samuel León y González. PDF Imprimir Correo electrónico
Miércoles 23 de Noviembre de 2011 00:00

Cuauhtémoc Cárdenas

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales-UNAM.
Ciudad Universitaria.

En los ocho ensayos que contiene “El cardenismo, 1932-1940”, se ofrece una visión amplia de los aspectos principales de la gestión de Lázaro Cárdenas en la presidencia de la República. En ellos pueden verse, entre otras cuestiones, con claridad, los mecanismos a los que el régimen recurrió para tomar decisiones importantes y respaldar sus políticas.

Marcos T. Águila, por ejemplo, dice que Cárdenas, más allá de pragmatismos, tenía un programa político propio, que impulsó en su gobierno en Michoacán, en la presidencia de la República y aún en los años posteriores, en el que destacan el reparto agrario, con particular énfasis en el ejido colectivo, y el soporte en infraestructura y crédito a éste; la industrialización con sentido nacionalista; la educación básica y la técnica; el control de los recursos naturales y los sectores estratégicos de la economía, como garante de la soberanía nacional, entre otros temas. Y se refiere también la habilidad de Cárdenas para tejer relaciones que le permitieran impulsar su proyecto, señalando la importancia que dio a estimular la organización de los trabajadores de la industria y del campo, aprovechando las coincidencias de sus intereses con los del gobierno.

En esta misma línea de pensamiento, Samuel León nos dice que los cambios que Cárdenas logró al frente del gobierno de Michoacán en materia agraria, en educación, en derechos de los trabajadores, etc., sólo fueron posibles por haber previamente impulsado la organización y después contado con el apoyo de la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo.

Señala también, que más adelante, ya en la presidencia, se apoyó en las fuerzas y dirigentes políticos regionales, en el fomento a la organización y unidad de obreros y campesinos en torno al proyecto gubernamental y que éste “daría un contenido a los anhelos sociales del movimiento armado, y que la elaboración del mismo no fue producto de un líder, el general, de una élite, los cardenistas, o de actores colectivos, como fueron los trabajadores y los campesinos, sino de las alianzas de todos los actores mencionados”, que “se trató de una sociedad que demandaba y proponía, haciendo constantemente una política de alianzas, con lo que mostró una profunda vocación estatal. Los sectores mayoritarios de la sociedad estuvieron identificados con el Estado pos-revolucionario, y aun dispuestos a fortalecerlo; la condición era la satisfacción de sus demandas”.

A lo largo de los diferentes ensayos se ve que el proyecto revolucionario de Lázaro Cárdenas se desarrollaba en torno al Estado: por iniciativas del gobierno se promovió la unificación obrera y la constitución de la Confederación de Trabajadores de México, la CTM; fue igualmente por iniciativa del Ejecutivo y encomienda pública que éste hizo al partido, el Partido Nacional Revolucionario (PNR), que se organizó la Confederación Nacional Campesina; a cuatro años de su administración, nos dicen Felipe Remolina y Marcos Águila, Cárdenas había logrado la promulgación del Estatuto Jurídico de los trabajadores del Estado y con ello la organización sectorial de la burocracia.“En realidad –escriben estos autores-, el Estado entrañaba en sí mismo un pacto político, pues de un lado garantizaba estabilidad laboral y una mejoría en las prestaciones para los empleados públicos, al tiempo que les mantenía sujetos a un sindicalismo construido desde arriba (con la importante excepción de los maestros) y con restricciones decisivas para el ejercicio del derecho de huelga”.

Instrumento fundamental de la política de Cárdenas fue el partido. Así, por iniciativa del Ejecutivo se realizó la reestructuración del Partido Nacional Revolucionario y su transformación en Partido de la Revolución Mexicana, lo que representó, según señala Samuel León, pasar del partido de partidos al partido de masas, y agrega: “Se imponía, dentro de este mismo, una verticalidad en el conjunto de los sectores, y esa verticalidad vendría a ser la que disciplinaría al nuevo instituto, que, para 1938, era ya el brazo político del nuevo Ejecutivo. Al fin de cuentas, se asistía a la consolidación de un presidencialismo por encima del resto de los poderes”.

En este libro se registra también cómo se aprovecharon situaciones o factores externos para impulsar el proyecto del gobierno. Marcos T. Águila afirma que el impacto de la depresión económica, que venía de 1929, “habría de modificar la correlación de fuerzas y contribuir a dar un  nuevo impulso al reparto ejidal”, y fueron, sin duda, los prolegómenos de la guerra en Europa y el que en ello se centrara la atención de las grandes potencias de entonces, incluida Estados Unidos, uno de los factores que permitieron, ante la rebeldía de las compañías, tomar la decisión de expropiar la industria petrolera.

El libro que ahora se presenta, recomiendo se lea de la primera a la última página. En el ensayo de Eduardo Nava se encuentran las discusiones que se dieron en la Convención del Partido Nacional Revolucionario, en diciembre de 1933, que permitieron dejar atrás el criterio que había primado en el reparto agrario entre 1915 y 1934, que “no tendía a resolver el problema agrario sino a institucionalizar el pegujal como una prolongación de la estructura económica porfiriana” y condujeron a reconocer como sujetos de derechos agrarios a los peones acasillados de las haciendas, y a dotar a las comunidades campesinas con tierra productiva suficiente, “desmantelando la gran propiedad en términos sociales, pero buscando conservar la viabilidad económica de las unidades de producción en manos de los campesinos”.

María Guadalupe Farías hace un interesante repaso de la política indigenista, que pasó del propósito de Vasconcelos de desaparecer las lenguas indígenas en las aulas y substituirlas por el español, a la política de Cárdenas, que se propuso organizar sindicalmente a los trabajadores indígenas –como se hizo de manera amplia en la región cafetalera de Chiapas-, dotar o restituir las tierras de sus comunidades y “mexicanizar al indio sin desindianizarlo”.

Jorge Márquez revisa la política exterior del periodo 34-40, que fue decisiva para fortalecer el proyecto nacional y parte fundamental de su definición político-ideológica. De ahí las protestas en los foros internacionales por la invasión de Etiopía por los ejércitos fascistas de Mussolini, por la anexión de Austria por la Alemania nazi y la invasión de China por el Japón militarista y expansionista; de ahí el alineamiento y los apoyos materiales, diplomáticos y políticos a la República Española y al asilo al exilio republicano y a los perseguidos políticos de otras nacionalidades por el nazismo.

En los ensayos de Javier MacGregor y Martha B. Loyo se pasa revista a las oposiciones políticas al régimen de Cárdenas y cómo alinearon las propias fuerzas afines al gobierno frente a la sucesión presidencial. Se verá que fue en ese periodo cuando surgieron y empezaron a desarrollarse verdaderas fuerzas de oposición conservadora, la Unión Nacional Sinarquista y el Partido Acción Nacional entre ellas, y también cómo se dio el acomodo de las fuerzas afines al gobierno frente a la sucesión presidencial, en una época en que no existían los tapados que conocimos con posterioridad.

Marcos Águila observa los cambios en la orientación y la falta de continuidad en las políticas agraria y sindical con posterioridad a la administración de Cárdenas, señalando, por una parte, que “[La] política agraria cardenista, como la nariz de Jackson, fue objeto de profundas cirugías a lo largo de más de 30 años. Su fisonomía dejó de formar parte de su naturaleza. Habría que desvirtuarla hasta borrar, tanto como fuese posible, la huella de la orientación agraria del cardenismo”, y por la otra, expresando que “[Otro] factor de peso en la declinación del activismo sindical, por supuesto, fue el cambio de orientación ideológica del régimen a lo largo de los años cuarenta, que de manera tímida, primero, y decidida, más tarde, transitaron de la defensa de la política de nacionalizaciones, a la de privatización; de la simpatía de medidas socializantes, al anticomunismo vulgar; de la defensa legal de los derechos laborales de los trabajadores, al castigo ejemplar de las huelgas y en favor del sacrificio ‘patriótico’”.

En fin, es rico el contenido de esta obra e insuficiente lo que pueda decirse de ella en esta presentación. Termino felicitando muy cálidamente a los autores de los ocho ensayos y termino con una frase de Samuel León que se encuentra en las primeras páginas de su colaboración y que resume lo que se hallará en la lectura de “El cardenismo, 1932-1940” y que, a mi juicio, resume también lo que fue el gobierno de Lázaro Cárdenas en el curso seguido por la Revolución Mexicana superada su fase armada: “antes de 1934 todos fueron antecedentes y después de 1940, consecuencias”.