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Homenaje a Samuel del Villar PDF Imprimir Correo electrónico
Martes 25 de Abril de 2006 18:00

Cuauhtémoc Cárdenas

HOMENAJE A SAMUEL DEL VILLAR.
Instituto de formación profesional.
Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.
México, D. F., 26 de abril del 2006.


Mi primer contacto con Samuel del Villar fue totalmente indirecto. El 26 de septiembre de 1988 amanecí leyendo el primero de una serie de artículos que tituló “La democracia sobre la dictadura”, que no dejó de sorprenderme, pues no nos conocíamos personalmente, sabía yo que era un abogado que había sido quien concibió e instrumentó lo que se llegó a hacer del proyecto de renovación moral lanzado desde la campaña de Miguel de la Madrid, abandonado o desaparecido de la opinión pública y de la información oficial poco después de comenzada su administración, pero que no había tenido participación activa en la campaña que meses antes había concluido.

Desde las primeras frases el artículo atrajo mi atención. Empezaba diciendo: “El 10 de septiembre de 1988 una ‘mayoría’ autodesignada de la Cámara de Diputados, y de la representación del pueblo de México, declaró a Carlos Salinas como ‘presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos’ para el período 1988-1994”. El artículo seguía más adelante: “La declaración del 10 de septiembre negó la ‘elección directa’ de los ciudadanos. Sustituyó la calificación y cómputo del total de los votos emitidos en todo el país por la calificación y cómputo de ‘la información de la Comisión Federal Electoral’ que propuso el secretario general del PRI, Manuel Camacho, el 6 de septiembre, como base para declarar presidente electo a Carlos Salinas. En esa ocasión el señor Camacho instruyó públicamente a esa ‘mayoría’ en el sentido de que ‘condicionar la validez de los comicios a la apertura de los paquetes (electorales) no tiene fundamento legal’. El razonamiento para ocultar los votos contenidos en los paquetes fue que su publicidad, y el fundar en su conocimiento la calificación del Colegio Electoral, implicaba desconocer el cómputo hecho por la Comisión Federal Electoral”.

En el segundo artículo escribió Samuel: “Cárdenas hubiese podido autodesignarse ‘presidente electo’ con base en su información parcial de la mayoría de las casillas electorales y en sus partidarios que le daban el triunfo… Pero no lo hizo, respetando el principio constitucional que exige una mayoría efectiva de votos contenidos en los paquetes electorales –que la mayoría en el Colegio Electoral impidió abrir- para la legitimidad del Presidente”.

En esos días busqué a Samuel, nos reunimos, comentamos sus artículos y desde entonces puedo decir que caminamos juntos en el quehacer político. Desde entonces llevamos una amistad estrecha, fincada en no callar nuestras verdades y en la afinidad de nuestros objetivos de vida.

El trato cotidiano me llevó a descubrir muchos de los valores de Samuel: su acendrada rectitud, una conducta sin desviaciones, en la que la honradez en todos los órdenes fue una de las características más relevantes.

En el trabajo que emprendía, no había momentos para el descanso. Así fue en los tiempos de fundación y arranque del Partido de la Revolución Democrática, cuando además de hacerse cargo de los asuntos jurídicos que llegaban al Comité Nacional, se encargó con gran entusiasmo y dedicación de echar a andar el partido en San Luis Potosí y en la sierra de Querétaro. En esas regiones el partido inició con fuerza y pluralidad.

Con el trato cotidiano descubrí que Samuel no sólo sabía de cuestiones jurídicas, sino que era un profundo conocedor, a partir de los estudios que había realizado y de su experiencia profesional, de la economía y las finanzas. Muchos puntos de vista de Samuel están en las tomas de posición y en los planteamientos y propuestas del partido mientras estuvimos con responsabilidades de dirección y en las diferentes campañas en las que tomamos parte, en las que conté con su irrestricta colaboración.

Recuerdo en particular un documento que discutimos, que leí el 5 de febrero de 1992, en Querétaro, en el 75 aniversario de la Constitución de 1917. En esa ocasión, por información que preparó Samuel revisando números y más números, en los que detectó, entre otras cosas, el desmedido crecimiento negativo de la balanza comercial, dije que de seguir la política económica manejándose como se estaba haciendo, iría el país a una nueva crisis, más grave que las ocurridas durante administraciones anteriores. “Los riesgos de una nueva asfixia de la economía –expresé ese día- están a la vista de nueva cuenta. La estabilidad de la economía está en manos de los especuladores y se hará insostenible cuando ellos decidan que los daños de la política oficial les resultan tan insoportables que impongan una nueva devaluación del peso y restricciones sociales y cargas más pesadas al pueblo en su conjunto”. Nos llamaron catastrofistas, pero con más de dos años de anticipación Samuel vislumbró el error de diciembre, que bien pudo haberse previsto y evitado si las cifras económicas se hubiesen estudiado con objetividad y las decisiones del gobierno se hubiesen tomado con patriotismo.

Coincidimos también con Samuel en nuestro interés en la historia y en la política, en comentar sobre las condiciones y procedimientos con los que se tomaron decisiones trascendentes para la vida del país. Afinidad entre ambos también la encontramos por nuestro gusto por el campo y nunca dejó de asombrarme el empeño, la profundidad de sus estudios y la dedicación que puso en el desarrollo del proyecto de caprinocultura en su querida Peotillos.

De su paso por la Procuraduría del Distrito Federal, lo que esta institución es hoy, mucho se lo debe a Samuel del Villar. Este Instituto de formación profesional, nacido de su iniciativa y de su vasto conocimiento de las responsabilidades a su cargo, es sólo un ejemplo de lo mucho que hizo.

Descargado de las responsabilidades de la Procuraduría, regresó a la investigación, que le apasionaba. En varias ocasiones hablamos del trabajo que realizaba en El Colegio de México sobre la historia de la hacienda pública del país. Pocos meses antes de que faltara, me dio a leer un capítulo relativo al período presidencial de mi padre, en el que decía Samuel se había hecho un manejo muy sólido de las finanzas para beneficio del país.

Platiqué mucho con Samuel en los largos meses de enfermedad. Vivió su enfermedad como vivió toda su vida, con una absoluta tranquilidad de conciencia. Pocos días antes que faltara lo visité en su habitación del hospital. Lo encontré con la cama cubierta de papeles y contento porque había terminado de dictar las últimas partes de su libro.